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miércoles, 20 de junio de 2018

Sobre la unción a los enfermos

A menudo sinónimo de muerte, la extremaunción a veces da miedo. ¿Un error? Sin duda

A partir del siglo III, la Tradición apostólica nos refiere a la fórmula de la bendición del óleo. En el 416, el papa Inocencio I habla de la unción necesaria para una serie de enfermedades. Sin embargo, es en 1173 cuando el sacramento de los enfermos hace aparición oficial bajo el nombre de extremaunción o sacramento de los moribundos.
Su fuente principal se encuentra en la Epístola de Santiago (5:14-16): “¿Está enfermo alguno entre vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor hará que se levante, y si hubiera cometido pecados, le serán perdonados”.
Hasta el siglo XX, el sacramento de los enfermos era un anuncio de muerte inminente, regularmente ilustrado en la literatura de los siglos XVIII, XIX y XX. Es tal el miedo que provoca, que no muchos se atreven a solicitarlo.

La reforma del Vaticano II: punto de inflexión

Durante el Concilio Vaticano II, en 1972, la extremaunción toma el nombre de “unción de los enfermos”. El objetivo es retirar esa perspectiva extrema, por no decir trágica.
Así pues, esta reforma extiende el sacramento a todos los enfermos, personas de avanzada edad u otras personas en situación frágil, y no solamente a los agonizantes. Lejos de la muerte, se convierte en un sacramento de vida.

¿Un sacramento ilimitado?

En cierto modo sí, en efecto, igual que el sacramento de la eucaristía y de la confesión. En la práctica, se concede cuando se sufren problemas de salud.
Puede ser al principio o al fin de una enfermedad grave o si se padece un gran sufrimiento moral (cáncer, gripe grave o depresión, por ejemplo). También puede volverse a dar en un momento de empeoramiento significativo de la enfermedad.
Solo la eucaristía dada como viático, última comunión para el enfermo, sigue siendo sinónimo de muerte cercana.

¿Cómo se desarrolla este sacramento?

El sacramento de los enfermos, como todo sacramento, es una celebración litúrgica y comunitaria. Puede tener lugar en el hospital, en una casa particular, durante una celebración comunitaria o un peregrinaje. Únicamente los sacerdotes pueden administrarlo.
La Iglesia exige que el enfermo esté consciente (y vivo, claro está) ya que debe poder ser voluntaria. De todas formas, en caso de duda y con la muerte inminente, el sacerdote puede decidir de manera diferente.
Para el desarrollo de la celebración, el sacerdote impone las manos en silencio antes de consignar la unción con el óleo de los enfermos.
Este óleo habrá sido bendecido necesariamente con antelación por el obispo (el único capacitado para esta bendición) durante la Semana Santa.
El sacerdote entonces pronuncia estas palabras: “Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo”. Luego: “Para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad”. El enfermo habrá de responder “Amén” después de cada una de las frases.

¿Por qué un sacramento de los enfermos?

El sacramento de los enfermos es un remedio para dar fuerzas al alma y al cuerpo, así como para otorgar valor para afrontar la prueba de sufrimiento. Es también un medio para que el enfermo se reconcilie consigo mismo, con sus seres queridos y con Cristo.

Publicado por AMAURY BUCCO en Aleteia

¿Qué hacer cuando nos toca vivir el sufrimiento y la enfermedad?, pregunta el papa Francisco

A propósito de la aprobación en Italia de la ley sobre el testamento biológico

En Italia ha causado sensación el caso de DJ Fabo, un hombre de Milán de 40 años amante de la música, los viajes y la vida, pero que a raíz de un grave accidente de auto ha quedado ciego y tetrapléjico. No se trata de una enfermedad rara. Sin embargo, su caso tiene algo en común con ella: el sufrimiento que comparten familias y pacientes cuando un pariente está postrado en una cama o silla de ruedas y la ciencia aún no desvela una cura.
“Agradezco a quien me ha quitado el peso de este infierno de dolor”, fueron las ultimas declaraciones de DJ Fabo desde una clínica en Suiza (donde es legal el suicidio asistido) antes de que con la boca hiciera ‘clic’ para apagar la máquina que lo mantenía con vida.
La prensa interpela a las instituciones italianas sobre la actualidad del debate del suicidio asistido. La Iglesia no cede en la defensa de la vida hasta el final.
¿Qué sucede en nuestro corazón cuando nos sentimos presos de la “desolación espiritual”? Es la pregunta oportuna y aunque distante del tiempo de los hechos, que el papa Francisco planteó en la homilía de la misa celebrada en Santa Marta, centrada en la figura de Job, el pasado 27 de septiembre de 2016.
Francisco exhorta a pedir al Señor tres gracias: “la gracia de reconocer la desolación espiritual, la gracia de rezar cuando estemos en esta situación, y la gracia de acompañar a las personas que sufren momentos desesperados de tristeza y desolación espiritual”.
Sin pretender dar una respuesta unívoca a tema tan complejo como el del sufrimiento humano, la cuestión siempre actual es cómo actuar ante una tragedia familiar o una enfermedad grave. Así, Francisco destaca la importancia del silencio y de la oración para vencer momentos difíciles.
El Papa admite que “antes o después todos vivimos una gran desolación espiritual”. “¡Es mejor la muerte!”, es el desahogo de Job. “Mejor morir que vivir así”, constata tras la Primera Lectura en esa homilía.
¿Cómo acompañar en ese momento a quien sufre? 
De esta manera, ilustra que en el Libro de Job se habla del silencio de los amigos. Ante una persona que sufre, destaca el Papa, “las palabras pueden hacer mal. Lo que cuenta es estar cerca, hacer sentir la cercanía “sin hacer discursos”.
Silencio, presencia y oración, así se ayuda al que verdaderamente sufre, explica. “Cuando una persona sufre, o está en un proceso de desolación espiritual”, retomó aquel día, “se debe hablar lo menos posible y se debe ayudar con el silencio, la cercanía, las caricias y la oración ante el Padre”.
La intimidad del dolor de cada enfermo y de su entorno forman parte del misterio de Dios y de la vida. En los casos más dramáticos, el papa Francisco ya lo ha dicho varias veces: cuando no se comprende el dolor y la enfermedad de los inocentes, de los niños, en ese momento es mejor contemplar en silencio la Cruz de Jesús.
¿Cómo enfrentar la desolación espiritual? 
Francisco delinea tres consejos espirituales muy útiles cuando vivimos momentos de desolación espiritual y sufrimiento:
“Primero, reconocer en nosotros los momentos de desolación espiritual, cuando estamos en la oscuridad, sin esperanza y preguntándonos por qué”.
Segundo, rezar al Señor con el Salmo 87, como Él nos enseña, en el momento de oscuridad: ‘Llegue hasta Ti mi oración, Señor’.
Tercero, cuando me acerco a una persona que sufre, ya sea por enfermedad o cualquier sufrimiento, pero que está en esta desolación, silencio. Pero este silencio con amor, cercanía, caricias. No hacer discursos que al final no ayudan y que, además, hacen mal”.
¿Cómo rezar? 
Por otro lado, subraya el cobijo de la oración. ¿Qué debemos hacer cuando nos toca vivir estos momentos oscuros?’, pregunta. En el salmo número 87 está la respuesta: “Llegue hasta ti mi oración, Señor”. Es necesario rezar, dice el Papa, rezar fuerte, como hizo Job: gritar día y noche para que Dios nos escuche.
Es una plegaria que pueden hacer familiares y personas que sufren y yacen inmovilizadas, martirizadas por el dolor. ‘Señor, estoy cansado de desventuras. Mi vida está al borde del infierno. Me cuentan entre los que bajan a la fosa, estoy sin fuerzas’. ¡Cuántas veces nos hemos sentido así, sin fuerzas…”, es una oración de llamar a la puerta, ¡pero con fuerza!
“Señor, me has lanzado a la fosa más profunda. Pesa sobre mí Tu furor. Llegue hasta Ti mi oración’. Esta es la oración: así debemos rezar en los momentos más duros, más oscuros, más desolados, más aplastantes. Rezar con autenticidad. Y también desahogarse como hizo Job, como un hijo”, enseña Francisco.

Publicado por Ary Waldir Ramos Díaz en Aleteia 

martes, 8 de mayo de 2018

Qué hacer cuando se siente demasiado miedo y tristeza

"No temas" se repite 365 veces en las Sagradas Escrituras. Por algo es.

¡Cuántas cosas perdemos por miedo a perder! No amamos por miedo a ser lastimados. No nos entregamos al cien por miedo a volver a ser traicionados. No nos arriesgamos por miedo a fracasar. En fin… Nos da tanto miedo que nos hagan daño, que no nos damos cuenta de cuánto daño nos hacemos con tanto miedo.
Todos hemos pasado por esos días en que volteamos al cielo y decimos: “Como que ya se te pasó la mano conmigo. Ya voltea para otro lado”. Y no tanto por renegar, sino por el cansancio emocional y hasta físico que traemos a cuestas. Son rachas en que nos llueve sobre mojado. Nos pasa una cosa tras otra. ¡Ah, qué cansado es eso!
Tratamos de encontrar consuelo y nos desahogamos con quien suponemos encontraremos empatía. Le expresamos que sentimos tristeza, miedo e incertidumbre.
Y para colmo, escuchamos las melodiosas palabras que justo en ese momento no son las más adecuadas o, por lo menos, no son las que queremos escuchar: “¡Es tu Cruz! Ofrécele todo a Dios y deja de quejarte. Ya quisieran muchos estar como tú”. ¡Auch! Ahora, aparte de todo eso que traemos en el pecho le sumamos esa sensación de ingratitud.
Entonces, ¿qué se hace con el miedo que sentimos? Enfrentarlo.El miedo es tan real que nos paraliza y si se lo permitimos nos dejará como incapacitados -espiritualmente hablando- para derrotarlo. El miedo se derrota mirándolo de frente y no dándole vueltas.
El miedo que experimentamos a raíz de diversas experiencias es tan real como el amor, aunque uno es la antítesis del otro. Miedo y amor no pueden coexistir. ¿Es malo sentir miedo? ¡No! Lo malo es dejar que nos domine, se apodere de nuestra voluntad, rija nuestras decisiones y sea el motor de nuestras vidas.
Reflexionemos, ¿por qué, por más que Dios nos ha pedido que no tengamos miedo somos presas fáciles de esa emoción? La frase “No temas” aparece en las Sagradas Escritura 365 veces, ¡365! Y es palabra de Dios, es un mandato divino. ¿Por qué nos hará tanto hincapié en eso? ¿Acaso nos prohíbe sentir? ¡No! Lo que nos pide es tener la certeza de sus cuidados, de su amor.
Nos pide tener esperanza en sus promesas y confianza de que Él está en control si le desatamos las manos. También, porque el miedo es la entrada a muchos otros sentimientos que nos pueden desesperanzar y paralizarnos.
El miedo no nos permite avanzar en nuestra misión de vida. No nos deja experimentar aquello para lo que fuimos creados, la felicidad y a través de esta, la plenitud de nuestra existencia. Para los creyentes, la santidad.
Así es, fuimos creados desde, por y para el amor y la felicidad para que, por medio de estas lleguemos al cielo, entendido este no como un lugar físico, sino como un estado del alma.
Pienso que estamos viviendo una época difícil donde la tristeza y el miedo están a la orden del día y estamos permitiendo que estas, junto con el desánimo nos invadan. Le hemos dejado alojarse y hasta hacer nido en nuestros corazones, lo que nos está llevando a que cada vez más personas caigamos en desolaciones muy profundas. Ojalá fueran emociones que con una pastillita se quitaran. En gran medida no sucede así…
Pero, ¿por qué se está experimentando tanta tristeza -hija del miedo- hoy en día? Me parece que la principal causa es que hemos decidido sacar a Dios de nuestra vida y poner a otros dioses en su lugar.
Con nuestra soberbia con “S” mayúscula nos hemos creído tanto eso de que “yo todo lo puedo con mis propios medios y con mi propia fuerza” sin darnos cuenta de que por mucha capacidad que tengamos, esta, por nuestra misma naturaleza humana, es limitada y además absolutamente todo poder viene de Dios. Entonces, ¿qué pasa cuando las cosas no salen como nosotros queríamos? Claro, que nos derrumbamos.
Repito, no es malo sentir miedo. Es más, raro sería no sentirlo. Aquí lo importante es saber qué hacer cuando lo experimentamos. ¿Tú que haces? Una buena idea es permitirte sentirlo. Darle la bienvenida por unos momentos reconociendo que lo que sientes es miedo y de inmediato ponerlo en las manos de Dios para que Él te acompañe en ese tránsito, el cual a veces se torna por demás pesado.
Luego, pide al Espíritu Santo su luz para reconocer la raíz de ese miedo. Esto es por demás importante porque el miedo suele venir acompañado de tristeza, enojo, desilusión, entre otros y generalmente tiene un “por qué”, y en las manos de Dios siempre tendrá un “para qué”.
Entonces, lo importante es que te des cuenta de qué es lo que te está generando ese “malestar” y trabajar en ello hasta ver la situación en su justa medida porque el miedo distorsiona la realidad. Luego, suéltalo y sácalo de ti dándole la orden de que salga de tu cuerpo. Pero esto no sucede por arte de magia.
Una buena idea es que para ayudarte a quitarlo de ti es que cantes. Esto también te ayudará a un cambio de actitud. Canta para no pensar más y hazlo con la certeza de que Dios está en control de toda tu vida, de todo tu ser. Cuando logras poner esperanza en ese miedo todo cambia.¿Miedo esperanzador o esperanza en el miedo? ¡Qué loco, pero así es!
Recordemos que las emociones y los sentimientos no son malos, lo importante es saber qué hacer con ellos. Cuando el miedo y la tristeza te embargan, lo primero y lo más importante es que con mucha humildad y reconociendo que solo no puedes, voltees tus ojos a Dios con la certeza de que Él ya está a cargo de ti.
Dile lo que sientes, dile tu desilusión, tu miedo y tu dolor. Ábrele tu corazón y exprésale que sientes que lo que estás pasando sobrepasa tu capacidad humana y que no sabes qué hacer o cómo reaccionar. Dile que necesitas sentir la certeza de su amor y protección.
También, la idea al pasar por tanto sufrimiento al experimentar miedo es que conviertas a estos en oración, es decir, que absolutamente todo se lo ofrezcas a Dios para que Él lo transforme en frutos de alegría, esperanza, paz y serenidad.
Visita tu Sagrario más cercano y de rodillas dile: “Hoy no te vengo a pedir nada para mí, al contrario, te vengo a entregar todo lo que tengo y eso es este miedo que siento”.
Recuerda que Dios es un Padre que no se deja ganar en generosidad y es el único que sabe transformar lágrimas en alegrías. Aunque sientas que el dolor te invade es muy importante que no dejes que habite en ti la desesperanza. Un hijo de Dios necesita tener la seguridad de que Él siempre está en control de su vida.
Por lo tanto, cambia el miedo por amor y certeza confiando en que esto también pasará. Consagra todo lo que hay en ti a Él y ríndete a su sabia voluntad.

Publicado por Luz Ivonne Ream en Aleteia

martes, 6 de febrero de 2018

Carta a Dios de un sacerdote antes de morir

José Luis Martín Descalzo es un sacerdote, periodista y escritor español proveniente de una familia profundamente cristiana de la que era el menor de cuatro hermanos. Completó sus estudios de Historia y Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Se ordenó sacerdote en 1953. Ejerció como profesor y como director de una compañía de teatro de cámara. Durante el Concilio Vaticano II fue corresponsal de prensa. Como periodista, dirigió varias revistas y un programa televisivo. Escribió numerosas obras literarias, de las cuales destacaron: «Vida y misterio de Jesús de Nazaret» y «Razones: para vivir, para la esperanza, para la alegría, para el amor y desde la otra orilla», que recogieron muchos de los artículos periodísticos que estaban basados en hechos reales y cotidianos.

Tuvo la vida de un “sacerdote de a pie” y con profunda sencillez busco ser fiel a su vocación. Desde joven padeció una grave enfermedad cardíaca y renal que lo obligó a estar sometido a diálisis durante muchos años. Vivió en todo momento sin dejar de sembrar esperanza, hasta su muerte en Madrid, el 11 de junio de 1991. Acá les dejamos su último artículo antes de morir, una carta a Dios, un precioso texto digno de ser meditado y compartido.

Gracias. Con esta palabra podría concluir esta carta, Dios o, “amor mío”. Porque eso es todo lo que tengo que decirte: gracias, gracias. Si desde la altura de mis cincuenta y cinco años vuelvo mi vista atrás, ¿qué encuentro sino la interminable cordillera de tu amor? No hay rincón en mi historia en el que no fulgiera tu misericordia sobre mí. No ha existido una hora en que no haya experimentado tu presencia amorosa y paternal acariciando mi alma.

Ayer mismo recibía la carta de una amiga que acaba de enterarse de mis problemas de salud, y me escribe furiosa: «Una gran carga de rabia invade todo mi ser y me rebelo una vez y otra vez contra ese Dios que permite que personas como tú sufran». ¡Pobrecilla! Su cariño no le deja ver la verdad. Porque –aparte de que yo no soy más importante que nadie– toda mi vida es testimonio de dos cosas: en mis cincuenta años he sufrido no pocas veces de manos de los hombres. De ellos he recibido arañazos y desagradecimientos, soledad e incomprensiones.Pero de ti nada he recibido sino una interminable siembra de gestos de cariño. Mi última enfermedad es uno de ellos.

Me diste primero el ser. Esta maravilla de ser hombre. El gozo de respirar la belleza del mundo. El de encontrarme a gusto en la familia humana. El de saber que, a fin de cuentas, si pongo en una balanza todos esos arañazos y zancadillas recibidos serán siempre muchísimo menores que el gran amor que esos mismos hombres pusieron en el otro platillo de la balanza de mi vida. ¿He sido acaso un hombre afortunado y fuera de lo normal? Probablemente. Pero, ¿en nombre de qué podría yo ahora fingirme un mártir de la condición humana si sé que, en definitiva, he tenido más ayudas y comprensión que dificultades?

Y, además, tú acompañaste el don de ser con el de la fe. En mi infancia yo palpé tu presencia a todas horas. Para mí, tu imagen fue la de un Dios sencillo. Jamás me aterrorizaron con tu nombre. Y me sembraron en el alma esa fabulosa capacidad: la de saberme amado, la de sentirme amado, la de experimentar tu presencia cotidiana en el correr de las horas. Hay entre los hombres –lo sé– quienes maldicen el día de su nacimiento, quienes te gritan que ellos no pidieron nacer. Tampoco yo lo pedí, porque antes no existía. Pero de haber sabido lo que sería mi vida, con qué gritos te habría implorado la existencia, y ésta, precisamente, que de hecho me diste.



Supongo que fue absolutamente decisivo el nacer en la familia que tú me elegiste. Hoy daría todo cuanto después he conseguido solo por tener los padres y hermanos que tuve. Todos fueron testigos vivos de la presencia de tu amor. En ellos aprendí –¡qué fácilmente!– quién eras y cómo eres. Desde entonces amarte –y amar, por tanto, a todos y a todo– me empezó a resultar cuesta abajo. Lo absurdo habría sido no quererte. Lo difícil habría sido vivir en la amargura. La felicidad, la fe, la confianza en la vida fueron, para mí, como el plato de natillas que mamá pondría, infaliblemente, a la hora de comer. Algo que vendría con toda seguridad. Y que si no venía, era simplemente porque aquel día estaban más caros los huevos, no porque hubiera escaseado el amor. Entonces aprendí también que el dolor era parte del juego. No una maldición, sino algo que entraba en el sueldo de vivir; algo que, en todo caso, siempre sería insuficiente para quitarnos la alegría.

Gracias a todo ello, ahora –siento un poco de vergüenza al decirlo– ni el dolor me duele, ni la amargura me amarga. No porque yo sea un valiente, sino sencillamente porque al haber aprendido desde niño a contemplar ante todo las zonas positivas de la vida y al haber asumido con normalidad las negras, resulta que, cuando éstas llegan, ya no son negras, sino solo un tanto grises. Otro amigo me escribe en estos días que podré soportar la diálisis «chapuzándome en Dios». Y a mí eso me parece un poco excesivo y melodramático. Porque o no es para tanto o es que de pequeño me «chapuzaron» ya en la presencia «normal» de Dios, y en ti me siento siempre como acorazado contra el sufrimiento. O tal vez es que el verdadero dolor aún no ha llegado.

 A veces pienso que he tenido «demasiado buena suerte». Los santos te ofrecían cosas grandes. Yo nunca he tenido nada serio que ofrecerte. Me temo que, a la hora de mi muerte, voy a tener la misma impresión que en ese momento tuvo mi madre: la de morirme con las manos vacías, porque nunca me enviaste nada realmente cuesta arriba para poder ofrecértelo. Ni siquiera la soledad. Ni siquiera esos descensos a la nada con que tú regalas a veces a los que verdaderamente fueron tuyos. Lo siento. Pero ¿qué hago yo si a mí no me has abandonado nunca? A veces me avergüenzo pensando que me moriré sin haber estado nunca a tu lado en el huerto de los olivos, sin haber tenido yo mi agonía de Getsemaní. Pero es que tú –no sé por qué– jamás me sacaste del domingo de Ramos. Incluso alguna vez –en mis sueños heroicos– he pensado que me habría gustado tener yo también una buena crisis de fe para demostrarte a ti y a mismo que la tengo. Dicen que la auténtica fe se prueba en el crisol. Y yo no he conocido otro crisol que el de tus manos siempre acariciantes.

Y no es, claro, que yo haya sido mejor que los demás. El pecado ha puesto su guarida en mí y tú y yo sabemos hasta qué profundidades.Pero la verdad es que ni siquiera en las horas de la quemadura he podido experimentar plenamente la llama negra del mal de tanta luz como tú mantenías a mi lado. En la miseria he seguido siendo tuyo. Y hasta me parece que tu amor era tanto más tierno cuantas más niñerías hacía yo.

También me gustaría presumir ante ti de persecuciones y dificultades. Pero tú sabes que, aun en lo humano, me rodeó siempre más gente estupenda que traidora y que recibí por cada incomprensión diez sonrisas. Que tuve la fortuna de que el mal nunca me hiciera daño y, sobre todo, que no me dejara amargura dentro. Que incluso de aquello saqué siempre ganas de ser mejor y hasta misteriosas amistades.



Luego me diste el asombro de mi vocación. Ser cura es imposible, tú lo sabes. Pero también maravilloso, yo lo sé. Hoy no tengo, es cierto, el entusiasmo de enamorado de los primeros días. Pero, por fortuna, no me he acostumbrado aún a decir misa y aún tiemblo cada vez que confieso. Y sé aún lo que es el gozo soberano de poder ayudar a la gente –siempre más de lo que yo personalmente sabría– y el de poder anunciarles tu nombre. Aún lloro –¿sabes?– leyendo la parábola del hijo pródigo. Aún –gracias a ti– no puedo decir sin conmoverme esa parte del Credo que habla de tu pasión y de tu muerte.

Porque, naturalmente, el mayor de tus dones fue tu Hijo, Jesús. Si yo hubiera sido el desgraciado de los hombres, si las desgracias me hubieran perseguido por todos los rincones de mi vida, sé que me habría bastado recordar a Jesús para superarlas. Que tú hayas sido uno de nosotros me reconcilia con todos nuestros fracasos y vacíos.¿Cómo se puede estar triste sabiendo que este planeta ha sido pisado por tus pies? ¿Para qué quiero más ternuras que la de pensar en el rostro de María?

He sido feliz, claro. ¿Cómo no iba a serlo? Y he sido feliz ya aquí, sin esperar la gloria del cielo. Mira, tú ya sabes que no tengo miedo a la muerte, pero tampoco tengo ninguna prisa porque llegue. ¿Podré estar allí más en tus brazos de lo que estoy ahora? Porque éste es el asombro: el cielo lo tenemos ya desde el momento en que podemos amarte. Tiene razón mi amigo Cabodevilla: nos vamos a morir sin aclarar cuál es el mayor de tus dones: si el de que tú nos ames o el de que nos permitas amarte.

Por eso me da tanta pena la gente que no valora sus vidas. Pero ¡sí estamos haciendo algo que es infinitamente más grande que nuestra naturaleza: amarte, colaborar contigo en la construcción del gran edificio del amor!

Me cuesta decir que aquí te damos gloria. ¡Eso sería demasiado! Yo me contento con creer que mi cabeza reposando en tus manos te da la oportunidad de quererme. Y me da un poco de risa eso de que nos vas a dar el cielo como premio. ¿Como premio de qué? Eres un tramposo: nos regalas tu cielo y encima nos das la impresión de haberlo merecido. El amor, tú lo sabes muy bien, es él solo su propia recompensa. Y no es que la felicidad sea la consecuencia o el fruto del amor. El amor ya es, por sí solo, la felicidad. Saberte Padre es el cielo. Claro que no me tienes que dar porque te quiera. Quererte ya es un don. No podrás darme más.

Por todo eso, Dios mío, he querido hablar de ti y contigo en esta página final de mis «Razones para el amor». Tú eres la última y la única razón de mi amor. No tengo otras. ¿Cómo tendría alguna esperanza sin ti? ¿En qué se apoyaría mi alegría si nos faltases tú? ¿En qué vino insípido se tornarían todos mis amores si no fueran reflejo de tu amor? Eres tú quien da fuerza y vigor a todo. Y yo sé sobradamente que toda mi tarea de hombre es repetir y repetir tu nombre. Y retirarme.

¿De verdad existirá la vida después de la muerte?



 Audiencia del Santo Padre Francisco el día 1 de Febrero de 2017 ¿De verdad existirá la vida después de la muerte? ¿Podré todavía ver y abrazar a las personas que he amado?”. Esta pregunta me la ha hecho una señora hace pocos días en una audiencia. Me dijo: ¿Encontraré a mis seres queridos? Una incógnita… 

 La esperanza cristiana es la espera de algo que ya ha sido realizada; está la puerta ahí, y yo espero llegar a la puerta. ¿Qué cosa debo hacer? ¡Caminar hacia la puerta! Estoy seguro que llegaré a la puerta. Así es la esperanza cristiana: tener la certeza que yo estoy en camino hacia algo que es y no lo que yo quiero que sea. Esta es la esperanza cristiana. La esperanza cristiana es espera de una cosa que ya ha sido realizada y que ciertamente se realizará para cada uno de nosotros. También nuestra resurrección y aquella de nuestros queridos difuntos, pues, no es una cosa que puede suceder o tal vez no, sino es una realidad cierta, en cuanto está fundada en el evento de la resurrección de Cristo. 

 Y así por siempre estaremos con el Señor. ¿Ustedes creen esto? Les pregunto: ¿Creen esto? Más o menos, ¡eh! Pero para tener un poco de fuerza los invito a decirlo tres veces conmigo: “Y así por siempre estaremos con el Señor”. Todos juntos: “Y así por siempre estaremos con el Señor”, “Y así por siempre estaremos con el Señor”, “Y así por siempre estaremos con el Señor”. Y allá, con el Señor, nos encontraremos. 

 El Papa en la catequesis: “Mantengamos la esperanza de que resucitaremos con Cristo” (RV) 

Texto completo de la catequesis del Papa Francisco:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! 

 En las anteriores catequesis hemos iniciado nuestro recorrido sobre el tema de la esperanza releyendo en esta perspectiva algunas páginas del Antiguo Testamento. Ahora queremos pasar a poner en evidencia la extraordinaria importancia que esta virtud asume en el Nuevo Testamento, cuando encuentra la novedad representada por Jesús y por el evento pascual: la esperanza cristiana. Nosotros cristianos, somos mujeres y hombres de esperanza. 

 Es esto lo que emerge de modo claro desde el primer texto que ha sido escrito, es decir, desde la Primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses. En el pasaje que hemos escuchado, se puede percibir toda la frescura y la belleza del primer anuncio cristiano. La comunidad de Tesalónica era una comunidad joven, fundada de hace poco; no obstante las dificultades y las diversas pruebas, está enraizada en la fe y celebra con entusiasmo y con alegría la resurrección del Señor Jesús. El Apóstol entonces se alegra de corazón con todos, porque cuantos renacen en la Pascua se convierten de verdad en «hijos de la luz, hijos del día» – así los llama él – (5,5), en virtud de la plena comunión con Cristo. 

 Cuando Pablo les escribe, la comunidad de Tesalónica ha sido apenas fundada, y sólo pocos años la separan de la Pascua de Cristo; pocos años después, ¡eh! Por esto, el Apóstol trata de hacer comprender todos los efectos y las consecuencias que éste evento único y decisivo, es decir, la resurrección del Señor, comporta para la historia y para la vida de cada uno. En particular, la dificultad de la comunidad no era tanto reconocer la resurrección de Jesús, todos lo creían, sino de creer en la resurrección de los muertos. Si, Jesús ha resucitado, pero los muertos tenían un poco de dificultad. 

En este sentido, esta carta se presenta más actual que nunca. Cada vez que nos encontramos ante nuestra muerte, o a aquella de una persona querida, sentimos que nuestra fe es puesta a la prueba. Surgen todas nuestras dudas, toda nuestra fragilidad, y nos preguntamos: “¿De verdad existirá la vida después de la muerte? ¿Podré todavía ver y abrazar a las personas que he amado?”. Esta pregunta me la ha hecho una señora hace pocos días en una audiencia. Me dijo: ¿Encontraré a mis seres queridos? Una incógnita… También nosotros, en el contexto actual, tenemos necesidad de regresar a las raíces y a los fundamentos de nuestra fe, para que así tomemos conciencia de lo que Dios ha obrado por nosotros en Cristo Jesús y que cosa significa nuestra muerte. Todos tenemos un poco de miedo; la muerte, por esta incertidumbre, ¿no? Aquí viene la palabra de Pablo. Me viene a la memoria un viejito, un anciano, bueno, que decía: “Yo no tengo miedo a la muerte. Tengo un poco de miedo verla venir”. Y tenía miedo de esto. Pablo, ante los temores y las perplejidades de la comunidad, invita a tener firme sobre la cabeza como un yelmo, sobre todo en las pruebas y en los momentos más difíciles de nuestra vida, “la esperanza de la salvación”. Es un yelmo. Es esta la esperanza cristiana. Cuando se habla de esperanza, podemos ser llevados a comprenderla según el significado común del término, es decir, en relación a algo bello que deseamos, pero que puede realizarse o tal vez no. Esperemos que suceda, pero… esperemos, como un deseo, ¿no? Se dice por ejemplo: “¡Espero que mañana haga buen clima!”; pero sabemos que al día siguiente en cambio puede hacer un mal clima… La esperanza cristiana no es así. La esperanza cristiana es la espera de algo que ya ha sido realizada; está la puerta ahí, y yo espero llegar a la puerta. ¿Qué cosa debo hacer? ¡Caminar hacia la puerta! Estoy seguro que llegaré a la puerta. Así es la esperanza cristiana: tener la certeza que yo estoy en camino hacia algo que es y no lo que yo quiero que sea. Esta es la esperanza cristiana. La esperanza cristiana es espera de una cosa que ya ha sido realizada y que ciertamente se realizará para cada uno de nosotros. También nuestra resurrección y aquella de nuestros queridos difuntos, pues, no es una cosa que puede suceder o tal vez no, sino es una realidad cierta, en cuanto está fundada en el evento de la resurrección de Cristo. Esperar pues significa aprender vivir en la espera. Aprender a vivir en la espera y encontrar la vida. Cuando una mujer se da cuenta de estar embarazada, cada día aprende a vivir en la espera de ver la mirada de ese niño que llegará… También nosotros debemos vivir y aprender de estas actitudes humanas y vivir en la espera de mirar al Señor, de encontrar al Señor. Esto no es fácil, pero se aprende: a vivir en la espera. Esperar significa e implica un corazón humilde, pobre. Solo un pobre sabe esperar. Quien está lleno de sí y de sus bienes, no sabe poner la confianza en ningún otro sino en sí mismo. 

Escribe aún Pablo: «Él que murió por nosotros, a fin de que, velando o durmiendo, vivamos unidos a Él» (1 Tes 5,10). Estas palabras son siempre motivo de grande consolación y de paz. Asimismo por las personas amadas que nos han dejado estamos pues llamados a orar para que vivan en Cristo y estén en plena comunión con nosotros. Una cosa que a mí me toca el corazón es una expresión de San Pablo, siempre dirigida a los Tesalonicenses. A mí me llena de seguridad en la esperanza. Dice así: «Y así permaneceremos con el Señor para siempre» (1 Tes 4,17). ¡Qué bello! Todo pasa. Pero, después de la muerte, por siempre estaremos con el Señor. Es la certeza total de la esperanza, la misma que, mucho tiempo antes, hacia exclamar a Job: «Yo sé que mi Redentor vive […]. Yo mismo lo veré, lo contemplarán mis ojos» (Job 19,25.27). Y así por siempre estaremos con el Señor. ¿Ustedes creen esto? Les pregunto: ¿Creen esto? Más o menos, ¡eh! Pero para tener un poco de fuerza los invito a decirlo tres veces conmigo: “Y así por siempre estaremos con el Señor”. Todos juntos: “Y así por siempre estaremos con el Señor”, “Y así por siempre estaremos con el Señor”, “Y así por siempre estaremos con el Señor”. Y allá, con el Señor, nos encontraremos. 
Gracias.

 (Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano) Texto publicado por El Observador de la Actualidad

martes, 30 de enero de 2018

La vida y la muerte

Nuestras actitudes y creencias acerca de la muerte tienen una gran influencia en la forma en que enfocamos la vida.
Probablemente no exista un dolor mayor que el de ser separados de un ser querido a causa de la muerte. A pesar de que todos sabemos con la mayor de las certezas que nuestro tiempo es limitado y que nadie puede escapar de la impermanencia de la vida, aún así, esto no hace que nos preparemos para el impacto de la muerte o que abordemos nuestra propia e inevitable separación de este mundo.
¿Por qué nacimos? ¿Por qué debemos morir? ¿Qué clase de valor podemos extraer de esta frágil existencia? La búsqueda de respuestas a todas estas preguntas fue la razón de ser del surgimiento del budismo.
El budismo nos enseña que no deberíamos eludir el hecho de la muerte sino confrontarlo cara a cara. Nuestra cultura contemporánea ha sido descrita como una cultura que busca evitar y negar la cuestión fundamental de nuestra mortalidad. El ser conscientes de la muerte, sin embargo, nos obliga a examinar nuestras vidas y a tratar de vivirlas de forma significativa. La muerte nos capacita para atesorar la vida; nos despierta a la maravilla de cada momento compartido. En la lucha por navegar a través del dolor de la muerte, podemos forjar un radiante tesoro de fortaleza en las profundidades de nuestro ser. A través de esa lucha, nos volvemos más conscientes de la dignidad de la vida y nos mostramos más dispuestos a empatizar con el sufrimiento de los demás.
Desde la perspectiva budista, la vida y la muerte son dos fases de un continuum. La vida no comienza con el nacimiento ni termina con la muerte. Todo en el universo, -desde los invisibles microbios del aire que respiramos hasta las grandes espirales de galaxias- está sometido a estas fases. Y nuestras vidas individuales son, asimismo, parte de este gran ritmo cósmico.
Absolutamente todo en el universo, todo lo que sucede, es parte de una vasta red viva de interconexiones. La energía vibrante a la que llamamos vida, y que fluye a través de todo el universo, no tiene principio ni fin. La vida es un proceso de cambio continuo y dinámico.
Sin embargo, las enseñanzas budistas tempranas veían este proceso como un sufrimiento inevitable y se centraban principalmente en la posibilidad de escapar del mismo.
Shakyamuni percibió que los deseos son el impulso fundamental que hace avanzar nuestra vida, manteniéndonos atados al ciclo del nacimiento y la muerte. A cada momento, el impulso por satisfacer deseos diversos inspira pensamientos, palabras y acciones, que constituyen la fuerza latente de nuestro karma individual. A través de estas causas y efectos, acciones y reacciones, damos forma a nuestra vida y a nuestras circunstancias, instante tras instante, perpetuando un fluido proceso que ha venido produciéndose durante incontables existencias. Por otra parte, Shakyamuni enseñó que no existe un alma permanente o una entidad individual que haya existido a lo largo de todo este tiempo, sino que, simplemente, es la continuidad de la energía kármica la que genera la ilusión de una esencia inmutable o de una entidad individual.
Al eliminar el deseo cortaríamos entonces la energía que alimenta el ciclo de la vida y la muerte y, en el momento de la muerte, nuestra vida se extinguiría de una vez para siempre. Este feliz estado de aniquilación o desintegración -nirvana- constituía el objetivo final de las enseñanzas budistas tempranas y sigue siendo considerado como tal hoy en día en muchas tradiciones budistas. La vida, desde esta perspectiva, es un ciclo de sufrimiento del cual uno, finalmente, logra escapar.
El Sutra del loto genera, sin embargo, una visión completamente revolucionaria de los seres humanos, afirmando que nuestras vidas en este mundo están dotadas de un profundo propósito.
Esta escritura budista, que tanto Nichiren como todo un linaje de eruditos budistas anteriores a él consideraron como la expresión más completa de la iluminación de Shakyamuni, hace hincapié en que la naturaleza esencial de nuestras vidas es, a cada momento, la naturaleza de Buda.
Al despertar a la verdad de nuestra naturaleza inherente de Buda, descubrimos nuestro sentido de propósito y la vida adquiere así una dimensión completamente diferente basada en la alegría.
Pero, ¿qué es la naturaleza de Buda y cómo podemos despertar a ella? En esencia, la naturaleza de Buda es el impulso inherente a nuestra vida que nos conmina a aliviar el sufrimiento y llevar felicidad a los demás. Aparece reflejado en el Sutra del loto a través de la siguiente afirmación: "A cada instante pienso: cómo puedo hacer para que los seres vivientes entren en el camino insuperable y adquieran rápidamente el cuerpo de un buda".
La frase Nam-myoho-renge-kyo, que Nichiren instaba a sus seguidores a recitar, podría ser descrita como el sonido o la expresión de ese impulso primordial - de ese juramento- y su recitación podría ser considerada como la práctica que orienta nuestras vidas en dirección a este mismo juramento. A través de la maravillosa alquimia de este acto, el incesante proceso de cambio constante que constituye la vida se convierte así en un proceso de crecimiento y transformación sin fin.
De este modo, nuestra vida misma se transforma en una expresión de este juramento. Desde la perspectiva iluminada de la Budeidad, hemos nacido en este mundo libremente con la determinación de despertar a otros a su naturaleza de Buda. Cuando despertamos a este propósito, las causas y efectos del interior de nuestras vidas se convierten en las causas y efectos de la Budeidad: las circunstancias concretas de nuestra vida y nuestro carácter, nuestros sufrimientos y triunfos, se transforman en un medio para demostrar el poder de la naturaleza de Buda y poder crear, así, lazos de empatía con otras personas.
Este despertar a la naturaleza de Buda es en ocasiones descrito también como el despertar a un "yo superior". El presidente de la SGI, Daisaku Ikeda, comenta: Este "yo superior" busca siempre aliviar el dolor y acrecentar la felicidad de los demás, aquí, en medio de las realidades de la vida cotidiana. Y aún más, este dinámico y vital despertar a un "yo superior" capacita a cada persona para experimentar tanto la vida como la muerte con el mismo deleite.
En el mundo de la Budeidad, nuestras vidas no están dirigidas por nuestro karma sino por nuestro juramento, por nuestro sentido de misión. Somos, en esencia, libres. Si permanecemos ajenos a esta realidad o si nos desvinculamos de nuestro juramento, entonces comenzamos a llevar vidas de "mortales comunes", gobernados y sujetos a las vicisitudes del karma.
La belleza de la vida se deriva de su expresión tan diversa. Del mismo modo, en la sociedad, la diversidad de la naturaleza de nuestras luchas, de nuestros triunfos, la gran variedad con la que nuestras vidas se van conformando y llegan a un fin, nuestros ciclos de vida, largos o cortos, todo ello, cuando vencemos sobre los sufrimientos de la existencia bajo la luz triunfante de la naturaleza de Buda, todo se revela finalmente como significativo y valioso.
Las preguntas fundamentales de la vida y la muerte son, en definitiva, una cuestión de teorías y creencias. Lo realmente importante es cómo vivimos, ser conscientes del tesoro que es la vida y del valor que podemos crear durante una existencia, que, en palabras de Nichiren, transcurre "tan rápido como un corcel blanco que pasa al galope y al que apenas alcanzamos a ver por la rendija de un muro". La mayoría de nosotros tendemos a pensar que siempre habrá otra oportunidad para encontrarnos y conversar una vez más con nuestros familiares y amigos, así que no importa si hay algunas cosas que quedan sin decir. Sin embargo, para vivir plenamente y sin ningún arrepentimiento debemos expandir nuestro ser al máximo y darnos a los demás por completo a cada instante con el sentido de que, quizá, ese podría ser nuestro último encuentro.
El punto de vista del Sutra del loto sobre la vida y la muerte es aquel que continuamente despierta nuestra conciencia hacia todos aquellos con los que compartimos nuestra vida, urgiéndonos a desarrollar vidas plenas y contributivas. En el momento en el que comenzamos a actuar por la felicidad de otras personas, experimentamos una energía renovada y un sentido de conexión con nuestra esencia más profunda. A medida que continuamos realizando estos esfuerzos en el tiempo, nuestras vidas adquieren un sentido de expansión y fortaleza. De esta manera, podemos manifestar los aspectos más positivos como seres humanos y crear una valiosa existencia conjuntamente con los demás.

Cómo explicarle a un niño la muerte de un ser querido

Pistas para permitir a los niños participar en el duelo, de la directora del Centro de Escucha San Camilo

La enfermedad propia o de un familiar, la muerte de un ser querido o la separación de los padres son acontecimientos críticos para niños y adolescentes. ¿Cómo pueden afrontar los padres esos momentos? Marisa Magaña, directora del Centro de Escucha San Camilo te da pistas para acompañar a tus hijos.
¿Por qué todavía tenemos tanto reparo  para acudir al psicólogo, cosa que no nos pasa con otros especialistas?
Es curioso como en sociedades tan cambiantes como la nuestra tenemos una alta capacidad para adaptarnos a todo lo nuevo que nos llega y lo acogemos con los brazos abiertos por distinto que nos parezca y sin embargo arrastremos tabús y estigmas a través casi de los siglos.
Ir al psicólogo, por desconocimiento, aún se sigue asociando a tener trastornos mentales o en el peor de los casos a ser “tonto”. No ocurre lo mismo con otros profesionales como pedagogos, logopedas que se asocian a otro tipo de trastornos que no son tan vergonzantes.
Sabemos cuándo una persona tiene que acudir al médico pero no sabemos bien cuando deberíamos acudir al psicólogo ¿Nos lo puede aclarar?
Ocurre que estamos tan acostumbrados a convivir con determinados hábitos de pensamiento y comportamiento insanos, que ya los hemos normalizado y aunque no nos hacen sentir bien, pensamos que no se pueden cambiar.
Ciertamente no existe una línea divisoria clara y no resulta fácil diferenciar, ante un malestar personal, si será suficiente con el apoyo de familia y amigos o requiere de la ayuda de un profesional de la salud mental.
Algunas pistas sobre si deberíamos acudir o no a buscar ayuda profesional nos lo pueden dar los parámetros siguientes:
•    ¿Se trata de un problema/circunstancia que está limitando la rutina diaria y ésta se está viendo perjudicada?
•    ¿Se ha intentado solventar de alguna manera y bien por falta de capacidad o de motivación, no se ha obtenido resultado positivo?
•    ¿El motivo del  malestar, se mantiene en el tiempo y no sólo no mejora sino que va a más?

Si la reflexión ante estas preguntas nos lleva al sí como respuesta, no estaría de más, al menos, consultar nuestra preocupación con un psicólogo.
Se dice que  muchos de los problemas relacionados con la personalidad o incluso la enfermedad mental tienen sus primeros síntomas en la adolescencia y juventud, incluso en la niñez. ¿Es así?  En ese caso, ¿cuáles son los síntomas que deben observar los padres para llevar, preventivamente, a sus hijos al psicólogo?
La gran mayoría de los problemas relacionados con la personalidad tienen su origen en la infancia, tienen que ver con los tipos de vínculos aprendidos, el afrontamiento de problemas, la ocurrencia o no de acontecimientos traumáticos, etc.
La enfermedad mental es ya un asunto más complejo y dependiendo de distintas variables, entre otras si tiene componente genético o no, podrá debutar  en distintos momentos de la vida del ser humano.
Los padres tenemos un instinto que hace que ante determinadas reacciones, comportamientos, actitudes de nuestros hijos, nos digamos “algo no va bien”. Comportamientos atípicos; niños que no se relacionan o se relacionan mal con otros niños, que sólo juegan solos, que mantienen un estado de ánimo triste, que no responden al cariño, que están en continua rebeldía, que no toleran los límites, etc. Son comportamientos que nos deberían hacer pensar a los padres que algo le ocurre a nuestro hijo y no estamos llegando a ello.
Hay momentos especialmente críticos en la vida de un niño o de un adolescente: enfermedad suya o de un familiar, muerte de un familiar cercano, separación de los padres…. ¿Cómo les afectan estas situaciones?
Acontecimientos como la enfermedad propia o de un familiar, la muerte de un ser querido, la separación de los padres, etc.  Cuando ocurren durante la infancia o la adolescencia,  suelen afectar al menor en todas las dimensiones de su persona.
Ante esto los padres hemos de estar especialmente alerta, porque los adolescentes y especialmente los niños, no manifiestan sus sentimientos como los adultos, más bien los “actúan”. A los menores les cuesta expresar, les cuesta entender lo que sienten y más aun “sacarlo”.
Es frecuente, por ello, que su malestar; tristeza, rabia, culpa… lo proyecten en sus actividades y comportamientos diarios; falta de ilusión por las cosas, no querer estar lejos de casa, reacciones violentas sin causa justificada. Recuerdo el caso de una niña de 10 años que ante la muerte de su hermana pequeña no expresaba ningún sentimiento hasta que una noche que se quedó a dormir en casa de su mejor amiga, le dio un ataque de llanto tan grande que los padres tuvieron que ir a buscarla.
¿Cómo deben actuar los padres?
Fundamentalmente de dos maneras; haciendo a los menores participes de lo que está ocurriendo en la familia. Es decir, informarles, adaptando la información a su nivel de comprensión, de lo que está ocurriendo, de en qué manera les va a afectar, cambios de horarios, etc. Si se trata de una enfermedad grave, sin cerrar la puerta de la esperanza, no mentirles sobre la gravedad y la posibilidad de no curación, los menores también necesitan ir haciendo su despedida.
Una vez hecho esto es importantísimo darles la oportunidad para que expresen lo que están sintiendo, que pregunten lo que quieran saber, ellos dosifican con sus preguntas. Normalizar y acoger su llanto, rabia, etc., con cariño y comprensión explicándoles que es su manera de expresar el amor hacia su ser querido.
En nuestra sociedad no se lleva hablar de la muerte y menos a los niños, ¿cuándo y cómo hay que hablar a un niño de la muerte?
Siempre que el menor haya sufrido una pérdida significativa es importante hablar con él.
¿Qué debemos decir al niño? Cómo nos sentimos, que entendemos su tristeza, que es natural que sienta pena o rabia, que en esta vida ya no veremos más al fallecido.
Tener en cuenta además que los principales temores del niño son ¿Causé yo la muerte? ¿Me pasará a mí? ¿Quién me va a cuidar si se muere también mi…?
Desde su experiencia ¿cuáles son las situaciones que más  nos “duelen”, en el  cuerpo y en el alma, a las personas en estos tiempos que vivimos?
Desde mi experiencia, las situaciones que más nos duelen a los seres humanos son intemporales, y tiene que ver con el miedo a que nos dejen de querer. Aunque suene a manido, querer y ser querido es lo que da sentido al ser humano, afortunadamente.
Perder ese cariño, por muerte, abandono, agresión, etc. Deja un vacío en el alma que si no se trabaja para afrontarlo termina enfermando el cuerpo. La gran mayoría de los trastornos de una persona tienen su origen en no haber recibido cariño o haberlo recibido de una manera insana.
Usted trata casos de personas que han tocado fondo ¿cómo les motiva para salir del pozo y abrirles horizontes de esperanza?
Cuando te sientes tocando fondo, una de las cosas que más necesitas es que mientras te estás “quejando” por lo mucho que te duele lo que te está pasando, haya alguien sentado a tu lado recogiendo todo esto que dices. Entendiendo la magnitud de su gravedad, validando sus reacciones y comportamientos como propios de la situación tan dura que está viviendo e incluso animándole a que “no se aguante” nada de lo que sienta, porque sí, porque la queja es buena y es buena porque sana. Es la rehabilitación del hueso roto, duele mientras se hace pero sin ella no se vuelve a caminar bien.
Solamente después de haber acogido al otro en sus debilidades podrá confiar en ti para que le ayudes a re/descubrir sus fortalezas.

Ningún sufrimiento es en vano

La gente que atraviesa por esto a menudo quiere una respuesta mágica, una técnica o truco, algo que realmente ayude: no existe

Ningún sufrimiento es en vano. Y no me estoy refiriendo al sufrimiento que ofrecemos por el prójimo. Me refiero a que, en cierto modo, nos estamos entrenando. Nuestro sufrimiento es útil en este mundo y eso es una bendición que hace que nuestras pérdidas sean un poco más fáciles de llevar.
La pasada noche estaba sentado en nuestra sala de estar, entrada la madrugada, mientras revisaba la prosa de una persona, cuando llegó un correo electrónico de un amigo. Por lo general es un amigo divertido, y revisar el estilo de un texto no lo es, así que abrí su mensaje.
Me escribía desde un hospicio. Uno de sus amigos más próximos acababa de ingresar, después de tres años y medio luchando contra un agresivo cáncer cerebral. Me pedía consejo sobre cómo acompañar a su amigo en su viaje. Se disculpó por escribirme con un tema tan doloroso, pero necesitaba ayuda de verdad.
La larga noche en el hospicio
Mis pensamientos se remontaron a tres meses atrás, en aquella larga noche en el hospicio sentado junto a la cama de mi hermana. Era el final de seis meses dedicados a ella casi por completo. Escribí aquí sobre aquel último día y noche. Fue un dolor inconcebible.
Así que tenía algo que decir a mi amigo, algo que podía decir con autoridad. Cuando mi hermana agonizaba y durante un tiempo después de su muerte, la gente me decía todo tipo de cosas, con la intención de ayudar y consolar. Recibí muchos consejos junto con las fraternales condolencias. La intención era buena y por lo general veía la verdad de lo que me estaban diciendo, pero aun así quería que gran parte de ellos se callaran, o que se callaran y se largaran.
Algunos hacían que la cosa pareciera fácil, pero eso solo empeoraba el problema. Incluso cuando percibían el dolor, muchos hablaban de algo que no conocían. Quizás decían verdades, pero eran verdades de segunda o de tercera mano.
Aquellos que habían sufrido de la misma forma rara vez decían algo. Ya sabían lo que estaba aprendiendo. Las pocas palabras que pronunciaban las decían con autoridad. Incluso su sencillo “lo siento mucho” significaba mucho, porque habían pasado por lo mismo.
Hablaban con solidaridad de camaradas, de compañeros veteranos. Sentía como si nos sostuviéramos hombro con hombro en la batalla. Ninguno hablaba como si tuviera una respuesta. No tenían que decir mucho, aunque lo que decían siempre era de ayuda. Con su comprensión era suficiente.
El mensaje de respuesta
Por supuesto, respondí a mi amigo de inmediato. Y esto fue lo que le dije.
Las personas que atraviesan algo así a menudo desean una respuesta mágica, algún truco o método infalible, algo que puedan hacer y que sirva de ayuda de verdad. Lo sé por experiencia. Y también sé que no hay ninguno.
Mi respuesta no es dramática y puede que no resulte satisfactoria, le escribí. Pero lo mejor que puedes hacer para acompañarle es únicamente eso, acompañarle.
Le dije que según mi experiencia y según lo que había aprendido de otros,los agonizantes pasan página a medida que se acercan más a la muerte. No quieren nada de nosotros, no quieren que les aleccionemos, no quieren interactuar con nosotros. Tal vez nosotros queramos esa Gran Charla, pero ellos no. No podemos hacer nada (excepto la ayuda práctica), además de estar con ellos. Eso es lo que quería mi hermana.
Le hablé a mi amigo sobre el final. Mi esposa y yo nos turnábamos sentados junto a Karen durante sus dos últimos días. Es todo lo que ella quería. No quería hablar. De todas formas, no hay nada que decir. La mayoría no quiere escuchar piedades, ni siquiera o sobre todo si son creyentes.
Entonces me senté con ella durante su última noche, después de que empeorara claramente, hasta que decidió que quería ir al hospicio. Cuando llegamos allí, sobre las 10:00, ya estaba dormida. Rezamos In paradisum a su lado y luego me senté junto a ella toda la noche. Mi esposa Hope dormía a cabezadas irregulares en el sofá.
Yo sostenía la mano de mi hermana y de vez en cuando le cantaba, quizás en gran parte por satisfacción propia, aunque algunos expertos afirman que los moribundos pueden escucharte incluso cuando crees que duermen. Tal vez porque había escuchado la canción en la radio aquel día, canté varias veces el primer verso y el estribillo de Long May You Run, de Neil Young. No sé a qué se refiere el “corazón cromado” de la letra, pero “tu corazón cromado brilla bajo el sol / que corras lejos”, me parecía apropiado para ella.
De vez en cuando le hablaba. Recé muchas decenas del rosario. Lloré mucho.
Simplemente, está ahí
El que yo estuviera ahí los últimos días era importante para ella. Rezo por que mi presencia en el hospicio después de que se durmiera significara algo también para ella, aunque no lo sabré hasta el próximo mundo.
Pero acompáñale, simplemente está ahí. Es muy importante.
Esto fue lo que escribí a mi amigo y le pareció útil. El sufrimiento de aquel día con mi hermana ha resultado ser útil para alguien que necesitaba escucharlo de un veterano. Esto es algo que alivia mucho la carga, cuando hay tanto en la vida que conspira para recordarte el dolor. Tu sufrimiento no es en vano. Te están entrenando.

Mar