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miércoles, 20 de junio de 2018

Sobre la unción a los enfermos

A menudo sinónimo de muerte, la extremaunción a veces da miedo. ¿Un error? Sin duda

A partir del siglo III, la Tradición apostólica nos refiere a la fórmula de la bendición del óleo. En el 416, el papa Inocencio I habla de la unción necesaria para una serie de enfermedades. Sin embargo, es en 1173 cuando el sacramento de los enfermos hace aparición oficial bajo el nombre de extremaunción o sacramento de los moribundos.
Su fuente principal se encuentra en la Epístola de Santiago (5:14-16): “¿Está enfermo alguno entre vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor hará que se levante, y si hubiera cometido pecados, le serán perdonados”.
Hasta el siglo XX, el sacramento de los enfermos era un anuncio de muerte inminente, regularmente ilustrado en la literatura de los siglos XVIII, XIX y XX. Es tal el miedo que provoca, que no muchos se atreven a solicitarlo.

La reforma del Vaticano II: punto de inflexión

Durante el Concilio Vaticano II, en 1972, la extremaunción toma el nombre de “unción de los enfermos”. El objetivo es retirar esa perspectiva extrema, por no decir trágica.
Así pues, esta reforma extiende el sacramento a todos los enfermos, personas de avanzada edad u otras personas en situación frágil, y no solamente a los agonizantes. Lejos de la muerte, se convierte en un sacramento de vida.

¿Un sacramento ilimitado?

En cierto modo sí, en efecto, igual que el sacramento de la eucaristía y de la confesión. En la práctica, se concede cuando se sufren problemas de salud.
Puede ser al principio o al fin de una enfermedad grave o si se padece un gran sufrimiento moral (cáncer, gripe grave o depresión, por ejemplo). También puede volverse a dar en un momento de empeoramiento significativo de la enfermedad.
Solo la eucaristía dada como viático, última comunión para el enfermo, sigue siendo sinónimo de muerte cercana.

¿Cómo se desarrolla este sacramento?

El sacramento de los enfermos, como todo sacramento, es una celebración litúrgica y comunitaria. Puede tener lugar en el hospital, en una casa particular, durante una celebración comunitaria o un peregrinaje. Únicamente los sacerdotes pueden administrarlo.
La Iglesia exige que el enfermo esté consciente (y vivo, claro está) ya que debe poder ser voluntaria. De todas formas, en caso de duda y con la muerte inminente, el sacerdote puede decidir de manera diferente.
Para el desarrollo de la celebración, el sacerdote impone las manos en silencio antes de consignar la unción con el óleo de los enfermos.
Este óleo habrá sido bendecido necesariamente con antelación por el obispo (el único capacitado para esta bendición) durante la Semana Santa.
El sacerdote entonces pronuncia estas palabras: “Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo”. Luego: “Para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad”. El enfermo habrá de responder “Amén” después de cada una de las frases.

¿Por qué un sacramento de los enfermos?

El sacramento de los enfermos es un remedio para dar fuerzas al alma y al cuerpo, así como para otorgar valor para afrontar la prueba de sufrimiento. Es también un medio para que el enfermo se reconcilie consigo mismo, con sus seres queridos y con Cristo.

Publicado por AMAURY BUCCO en Aleteia

martes, 8 de mayo de 2018

Qué hacer cuando se siente demasiado miedo y tristeza

"No temas" se repite 365 veces en las Sagradas Escrituras. Por algo es.

¡Cuántas cosas perdemos por miedo a perder! No amamos por miedo a ser lastimados. No nos entregamos al cien por miedo a volver a ser traicionados. No nos arriesgamos por miedo a fracasar. En fin… Nos da tanto miedo que nos hagan daño, que no nos damos cuenta de cuánto daño nos hacemos con tanto miedo.
Todos hemos pasado por esos días en que volteamos al cielo y decimos: “Como que ya se te pasó la mano conmigo. Ya voltea para otro lado”. Y no tanto por renegar, sino por el cansancio emocional y hasta físico que traemos a cuestas. Son rachas en que nos llueve sobre mojado. Nos pasa una cosa tras otra. ¡Ah, qué cansado es eso!
Tratamos de encontrar consuelo y nos desahogamos con quien suponemos encontraremos empatía. Le expresamos que sentimos tristeza, miedo e incertidumbre.
Y para colmo, escuchamos las melodiosas palabras que justo en ese momento no son las más adecuadas o, por lo menos, no son las que queremos escuchar: “¡Es tu Cruz! Ofrécele todo a Dios y deja de quejarte. Ya quisieran muchos estar como tú”. ¡Auch! Ahora, aparte de todo eso que traemos en el pecho le sumamos esa sensación de ingratitud.
Entonces, ¿qué se hace con el miedo que sentimos? Enfrentarlo.El miedo es tan real que nos paraliza y si se lo permitimos nos dejará como incapacitados -espiritualmente hablando- para derrotarlo. El miedo se derrota mirándolo de frente y no dándole vueltas.
El miedo que experimentamos a raíz de diversas experiencias es tan real como el amor, aunque uno es la antítesis del otro. Miedo y amor no pueden coexistir. ¿Es malo sentir miedo? ¡No! Lo malo es dejar que nos domine, se apodere de nuestra voluntad, rija nuestras decisiones y sea el motor de nuestras vidas.
Reflexionemos, ¿por qué, por más que Dios nos ha pedido que no tengamos miedo somos presas fáciles de esa emoción? La frase “No temas” aparece en las Sagradas Escritura 365 veces, ¡365! Y es palabra de Dios, es un mandato divino. ¿Por qué nos hará tanto hincapié en eso? ¿Acaso nos prohíbe sentir? ¡No! Lo que nos pide es tener la certeza de sus cuidados, de su amor.
Nos pide tener esperanza en sus promesas y confianza de que Él está en control si le desatamos las manos. También, porque el miedo es la entrada a muchos otros sentimientos que nos pueden desesperanzar y paralizarnos.
El miedo no nos permite avanzar en nuestra misión de vida. No nos deja experimentar aquello para lo que fuimos creados, la felicidad y a través de esta, la plenitud de nuestra existencia. Para los creyentes, la santidad.
Así es, fuimos creados desde, por y para el amor y la felicidad para que, por medio de estas lleguemos al cielo, entendido este no como un lugar físico, sino como un estado del alma.
Pienso que estamos viviendo una época difícil donde la tristeza y el miedo están a la orden del día y estamos permitiendo que estas, junto con el desánimo nos invadan. Le hemos dejado alojarse y hasta hacer nido en nuestros corazones, lo que nos está llevando a que cada vez más personas caigamos en desolaciones muy profundas. Ojalá fueran emociones que con una pastillita se quitaran. En gran medida no sucede así…
Pero, ¿por qué se está experimentando tanta tristeza -hija del miedo- hoy en día? Me parece que la principal causa es que hemos decidido sacar a Dios de nuestra vida y poner a otros dioses en su lugar.
Con nuestra soberbia con “S” mayúscula nos hemos creído tanto eso de que “yo todo lo puedo con mis propios medios y con mi propia fuerza” sin darnos cuenta de que por mucha capacidad que tengamos, esta, por nuestra misma naturaleza humana, es limitada y además absolutamente todo poder viene de Dios. Entonces, ¿qué pasa cuando las cosas no salen como nosotros queríamos? Claro, que nos derrumbamos.
Repito, no es malo sentir miedo. Es más, raro sería no sentirlo. Aquí lo importante es saber qué hacer cuando lo experimentamos. ¿Tú que haces? Una buena idea es permitirte sentirlo. Darle la bienvenida por unos momentos reconociendo que lo que sientes es miedo y de inmediato ponerlo en las manos de Dios para que Él te acompañe en ese tránsito, el cual a veces se torna por demás pesado.
Luego, pide al Espíritu Santo su luz para reconocer la raíz de ese miedo. Esto es por demás importante porque el miedo suele venir acompañado de tristeza, enojo, desilusión, entre otros y generalmente tiene un “por qué”, y en las manos de Dios siempre tendrá un “para qué”.
Entonces, lo importante es que te des cuenta de qué es lo que te está generando ese “malestar” y trabajar en ello hasta ver la situación en su justa medida porque el miedo distorsiona la realidad. Luego, suéltalo y sácalo de ti dándole la orden de que salga de tu cuerpo. Pero esto no sucede por arte de magia.
Una buena idea es que para ayudarte a quitarlo de ti es que cantes. Esto también te ayudará a un cambio de actitud. Canta para no pensar más y hazlo con la certeza de que Dios está en control de toda tu vida, de todo tu ser. Cuando logras poner esperanza en ese miedo todo cambia.¿Miedo esperanzador o esperanza en el miedo? ¡Qué loco, pero así es!
Recordemos que las emociones y los sentimientos no son malos, lo importante es saber qué hacer con ellos. Cuando el miedo y la tristeza te embargan, lo primero y lo más importante es que con mucha humildad y reconociendo que solo no puedes, voltees tus ojos a Dios con la certeza de que Él ya está a cargo de ti.
Dile lo que sientes, dile tu desilusión, tu miedo y tu dolor. Ábrele tu corazón y exprésale que sientes que lo que estás pasando sobrepasa tu capacidad humana y que no sabes qué hacer o cómo reaccionar. Dile que necesitas sentir la certeza de su amor y protección.
También, la idea al pasar por tanto sufrimiento al experimentar miedo es que conviertas a estos en oración, es decir, que absolutamente todo se lo ofrezcas a Dios para que Él lo transforme en frutos de alegría, esperanza, paz y serenidad.
Visita tu Sagrario más cercano y de rodillas dile: “Hoy no te vengo a pedir nada para mí, al contrario, te vengo a entregar todo lo que tengo y eso es este miedo que siento”.
Recuerda que Dios es un Padre que no se deja ganar en generosidad y es el único que sabe transformar lágrimas en alegrías. Aunque sientas que el dolor te invade es muy importante que no dejes que habite en ti la desesperanza. Un hijo de Dios necesita tener la seguridad de que Él siempre está en control de su vida.
Por lo tanto, cambia el miedo por amor y certeza confiando en que esto también pasará. Consagra todo lo que hay en ti a Él y ríndete a su sabia voluntad.

Publicado por Luz Ivonne Ream en Aleteia

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